Han transcurrido 37 años desde el fallecimiento de Salvador Dalí, pero la influencia de su particular universo creativo continúa presente en ámbitos que van mucho más allá del arte. También puede encontrarse en la gastronomía, a través de alimentos como el pan, los huevos, el queso, las langostas, los caracoles, los erizos de mar, la trufa o el vino tinto, elementos que ocuparon un lugar destacado en su imaginario.
La relación de Dalí con la comida comenzó desde su infancia. Cuando era pequeño llegó a expresar su deseo de convertirse en cocinero, una afición que mantuvo de diferentes formas a lo largo de su vida. Para el artista, los alimentos no eran únicamente algo relacionado con la alimentación, sino también objetos cargados de posibilidades visuales. Sus formas, texturas y características le servían para crear asociaciones sorprendentes y transformar elementos cotidianos en símbolos dentro de su obra.
En el universo daliniano, un huevo podía representar conceptos como el origen, el nacimiento o la transformación. Una langosta podía convertirse en un teléfono, mientras que el pan dejaba de ser un simple alimento para adquirir una nueva dimensión artística al aparecer como elemento de la fachada de su museo. Incluso la textura de un queso muy curado podía despertar en el artista nuevas ideas relacionadas con la representación del tiempo.
Esta conexión entre gastronomía, arte y espectáculo sirve ahora de inspiración para Dalirium, una nueva arrocería que abrió sus puertas el pasado mes de junio en el Eixample de Barcelona. El establecimiento, impulsado por el grupo responsable de Paellería, apuesta por los arroces y el producto mediterráneo como protagonistas, pero los presenta dentro de una propuesta en la que la estética y la experiencia tienen también un papel destacado.
El pan como paisaje
Entre los alimentos que aparecen en el imaginario daliniano, el pan ocupa un lugar especialmente visible. Está presente en pinturas, objetos y esculturas, pero también en el Teatro-Museo Dalí de Figueres. La fachada de la Torre Galatea está cubierta por reproducciones de panes de tres crostons, una variedad tradicional del Empordà. En la parte superior se alzan grandes huevos, otro de los símbolos más reconocibles de su obra.
El Empordà, Cadaqués y Portlligat eran también aceite, arroz, pescado, marisco, vino y sobremesas frente al Mediterráneo. Ese paisaje aparece de forma directa e indirecta en muchas de sus referencias visuales, así como también en Les Dîners de Gala, el libro artístico de cocina que publicó en 1973. Sus páginas reúnen recetas, ilustraciones y montajes fotográficos en los que la comida parece pensada tanto para ser observada como para ser degustada.
El arroz como centro de la mesa
En arrocería Dalirium, esa conexión con el Mediterráneo no se plantea como una reconstrucción de los banquetes de Dalí ni como una reproducción literal de sus recetas. La referencia aparece de forma más amplia, en una manera de entender la mesa como lugar de encuentro, conversación y recuerdo.
La base gastronómica se apoya en una cocina mediterránea reconocible, con los arroces como eje principal. Es una continuidad natural con la experiencia del grupo en Paellería, pero trasladada a un espacio donde la coctelería, la iluminación y el ambiente también forman parte de la experiencia.
“El arroz tiene algo muy mediterráneo porque obliga a detenerse. No es un plato pensado para comer deprisa, sino para compartir, esperar y conversar. En Dalirium queríamos mantener esa cultura de mesa, pero llevarla a un contexto donde el entorno también acompañe”, señala el chef Carlos Morales del grupo de Paellería y Dalirium.
La técnica sigue siendo uno de los puntos clave. “Cada arroz se cocina al momento, con fuego vivo, sofrito trabajado y caldo reducido. Puede parecer sencillo, pero el punto final depende del oficio, del tiempo y de entender muy bien cómo responde cada paella”, añade el chef.
La langosta muestra una de las facetas más reconocibles de Dalí. En 1936 creó junto a Edward James el célebre Teléfono-langosta, una pieza que convertía un objeto cotidiano en algo absurdo, sensual e incómodo. El queso también tuvo su lugar en ese imaginario. El artista relacionó los relojes blandos de La persistencia de la memoria con la consistencia de un Camembert muy maduro.
Para Dalí, comer tenía algo de representación. Junto a Gala organizó cenas en las que el vestuario, la decoración y la actitud de los invitados podían importar tanto como aquello que se servía. No se trataba solo de alimentarse, sino de construir una escena.
Arrocería Dalirium recoge esa idea desde una lectura contemporánea. No replica lo qué comía Dalí ni convierte su biografía en una carta, sino que toma su imaginario gastronómico como una forma de mirar la experiencia alrededor de la mesa. En ese cruce entre producto, atmósfera y memoria, la comida deja de ser únicamente sabor para convertirse también en conversación, imagen y recuerdo.






