Durante años, el Nutri-Score se ha vendido como una especie de “atajo” para decidir en segundos si un alimento es más o menos saludable. Una letra, un color y una promesa: simplificar el caos de etiquetas, ingredientes y tablas nutricionales para orientar al consumidor en el lineal. Pero la conversación científica y regulatoria se ha ido volviendo más incómoda: ¿ayuda de verdad a comprar mejor o solo ordena mejor lo que ya íbamos a comprar?
El debate no va de si el Nutri-Score “sirve” o “no sirve” en abstracto. Va de cuánto sirve, para quién, y con qué efectos secundarios. Porque un etiquetado frontal puede mejorar la comprensión, pero aun así quedarse corto cuando choca contra el mundo real: precios, hábitos, ultraprocesados “optimizados” y una nutrición que no cabe en cinco colores.
Qué es exactamente el Nutri-Score y qué mide (y qué no)
Nutri-Score es un etiquetado frontal que clasifica alimentos y bebidas en una escala de cinco letras (A–E) asociadas a colores, calculadas a partir de la información nutricional por 100 g o 100 ml y algunos componentes del producto. Su objetivo declarado no es “prohibir” alimentos, sino facilitar comparaciones rápidas y empujar a la industria a reformular recetas para mejorar el perfil nutricional.
Ese “por 100” es, a la vez, su virtud y su talón de Aquiles. Virtud, porque permite comparar productos de una misma categoría con una base común. Talón de Aquiles, porque la porción real de consumo no siempre se parece a 100 g (y porque el contexto dietético —qué comes el resto del día— no cabe en una letra).
Lo que sí parece hacer bien: ayudar a entender y a ordenar opciones
En entornos experimentales e investigaciones comparativas, los etiquetados frontales tipo semáforo tienden a mejorar la capacidad de los consumidores para identificar qué opción es “mejor” dentro de un grupo de productos. Esto es importante: antes de cambiar hábitos, hay que poder interpretar la información. El Nutri-Score se diseñó precisamente para maximizar esa accesibilidad y comprensión.
Hasta aquí, la idea aguanta bien: como herramienta de lectura rápida, funciona razonablemente. El problema empieza cuando se le exige algo más ambicioso: transformar la cesta de la compra de manera consistente y sostenida.
El mundo real: mejoras modestas, lejos del “antes y después”
Cuando el Nutri-Score sale del laboratorio y entra en la compra cotidiana, el efecto suele ser pequeño. En un ensayo a gran escala citado con frecuencia en el ámbito académico, el etiquetado se asoció a una mejora aproximada del 2,5% en la calidad nutricional de la cesta para los alimentos etiquetados. Es un avance, pero no una revolución.
Ese matiz —“para los alimentos etiquetados”— importa. Porque el consumidor no compra solo con el cerebro: compra con el bolsillo, con el tiempo, con la rutina y con la cultura. En la práctica, una señal visual puede inclinar decisiones marginales, pero rara vez derriba patrones de consumo por sí sola.
El gran punto ciego: una letra no captura la calidad global del alimento
Aquí entra la crítica más dura (y más repetida): Nutri-Score se apoya en un modelo que pondera nutrientes y componentes de forma relativamente simple. Eso puede dejar fuera dimensiones clave, como micronutrientes, compuestos bioactivos o el grado de procesamiento, que hoy se consideran relevantes para entender la calidad real de un alimento dentro de una dieta. Y ahí aparecen paradojas que alimentan la desconfianza pública.
Un ejemplo reciente muy ilustrativo llega desde la investigación aplicada: un estudio con enfoque metabolómico en productos de cacao mostró discrepancias entre la clasificación por Nutri-Score y perfiles bioactivos potencialmente beneficiosos. Dicho de forma llana: productos con más “química útil” pueden salir penalizados, mientras otros ajustados para el algoritmo pueden escalar posiciones sin ser necesariamente mejores opciones de consumo habitual.
El caso del aceite de oliva también se ha usado como símbolo del problema: cuando un sistema penaliza “grasa” sin distinguir bien el contexto dietético y la evidencia sobre tipos de grasa, el mensaje que recibe el consumidor puede ser confuso. Esa fricción ha empujado revisiones del algoritmo.
Reformulación: el incentivo que funciona… con efectos ambiguos
Otra parte del rompecabezas es industrial: Nutri-Score no solo informa, también incentiva. Si una letra afecta a la percepción del producto, muchos fabricantes reformulan: bajan azúcares, ajustan sal, añaden fibra o cambian grasas para subir de categoría.
En términos de salud pública, esto puede ser positivo si reduce componentes asociados a riesgo. Pero también abre un escenario de “optimización de etiqueta”: ultraprocesados que mejoran su nota sin convertirse, por ello, en alimentos recomendables en un patrón dietético equilibrado. El etiquetado empuja, sí, pero puede empujar en la dirección de “ganar puntos” más que en la de “comer mejor”.
Un sistema en ajuste continuo… y una batalla regulatoria de fondo
Nutri-Score no es estático. Existe una gobernanza europea del sistema y un trabajo de actualización para alinearlo mejor con guías dietéticas y evidencia reciente. Esas revisiones han incluido cambios para categorías específicas y criterios con más matices, además de periodos de transición para que los operadores adapten envases y comunicación.
Pero el debate no es solo técnico: también es político y económico. En Europa conviven países que lo apoyan con entusiasmo y otros que lo cuestionan, mientras la discusión sobre un etiquetado frontal armonizado sigue siendo un terreno sensible para la industria alimentaria y las estrategias nacionales de salud pública.
Cómo usar Nutri-Score sin caer en trampas
Con todo lo anterior, el Nutri-Score puede seguir siendo útil si se usa como lo que es: un atajo, no un veredicto.
- Comparar dentro de una misma categoría: elegir entre dos cereales, dos yogures o dos salsas similares.
- Desconfiar del “halo” de la A: una letra alta no convierte un ultraprocesado en base de la dieta.
- Mirar también ingredientes: especialmente para detectar edulcorantes, aditivos, grasas añadidas o grado de procesamiento.
- Pensar en el patrón completo: la salud no se decide producto a producto, sino con el conjunto y la frecuencia.
La ciencia no está diciendo que el Nutri-Score sea inútil; está diciendo que es insuficiente si se convierte en brújula única. Y, sobre todo, que su impacto real depende de cómo se integre en educación nutricional, políticas de precio/entorno alimentario y regulación coherente.
Preguntas frecuentes
¿Nutri-Score sirve para comparar alimentos de categorías diferentes (por ejemplo, aceite frente a refresco)?
Está pensado sobre todo para comparar productos similares. Comparaciones “cruzadas” pueden llevar a conclusiones engañosas, porque el contexto de consumo y la porción real cambian mucho.
¿Por qué un ultraprocesado puede tener buena letra y un alimento tradicional salir peor?
Porque el algoritmo pondera ciertos nutrientes por 100 g/100 ml y puede premiar ajustes (menos azúcar/sal, más fibra) aunque el producto siga siendo ultraprocesado. Por eso conviene revisar ingredientes y frecuencia de consumo.
¿El Nutri-Score se está actualizando para corregir paradojas como la del aceite de oliva?
Sí. El sistema ha pasado por revisiones y marcos de actualización para afinar categorías y alinearse mejor con guías dietéticas, con periodos de transición para su adopción en el mercado.
¿Qué debería mirar además del Nutri-Score para una compra más saludable?
Lista de ingredientes (orden y tipo), grado de procesamiento, presencia de azúcares añadidos/edulcorantes, sal, y el encaje del producto en un patrón de dieta equilibrado (frecuencia y cantidad).



